Mientras muchos tenistas de su generación quedaron en el camino, Novak Djokovic eligió no renunciar y aún compite a gran nivel.
(Por Pablo Matías Segura, para “Deporte Argentino Plus”; foto: IA)
No renunció cuando el cuerpo empezó a pasar factura.
No renunció cuando el contexto fue adverso.
Y tampoco renunció cuando sostener sus convicciones significó quedar solo.
A lo largo de su carrera tuvo que ir, una y otra vez, en contra de lo que la sociedad imponía como correcto, conveniente o aceptable.
No eligió el camino más cómodo ni el más celebrado.
Eligió ser fiel a sí mismo, aun sabiendo el costo que eso implicaba.
Quizás por eso los medios no lo acompañaron como a otros.
Quizás por eso no fue presentado como el héroe perfecto. Ser rebelde, en un mundo que premia la obediencia, el consenso y el relato, no siempre vende.
Pero mientras se discutía su postura, él seguía compitiendo.
Mientras se lo cuestionaba, él seguía entrenando.
Mientras se lo juzgaba, él seguía ganando.
Por eso logró ser el más ganador.
No es una percepción ni una construcción de marketing: es un hecho respaldado por la historia del tenis.
Alcanzó la cima porque obtuvo más títulos importantes que cualquier otro jugador.
Estableció récords en los torneos más exigentes del circuito y se mantuvo más tiempo que nadie en el primer puesto del ranking mundial.
Nada de eso fue casual.
Lo logró sin el favor del público, sin el impulso del relato dominante y muchas veces sin el acompañamiento de los grandes medios.
Tal vez porque su figura nunca fue cómoda.
Tal vez porque eligió sostener una postura propia en lugar de alinearse con lo que se esperaba de él.
Mientras otros fueron celebrados, él fue resistido.
Mientras otros encajaron, él se sostuvo.
Y mientras se debatía su figura, él seguía acumulando resultados.
Su grandeza no está solo en lo que consiguió, sino en cómo lo consiguió.
Sin claudicar. Sin adaptarse para encajar. Sin renunciar a quien es.
El aprendizaje y la enseñanza que deja su historia trasciende al deporte.
Nunca claudicar.
Nunca dejar de ser uno mismo.
No vivir para los aplausos ni para la aprobación ajena.
El camino no siempre es justo.
Habrá momentos en los que ser fiel a ¨quien sos¨ implique incomodar, ir a contramano o quedar solo.
Pero encajar no siempre es sinónimo de estar en lo correcto.
Y no encajar, muchas veces, es el precio de la coherencia.
Porque ser uno mismo incomoda.
Y justamente por eso, vale la pena.

